El ángel de los niños (Autor desconocido)

Cuenta una leyenda, que un niño estaba por nacer y le dijo a Dios:
-Sé que me enviarás a la tierra mañana. Dime ¿cómo viviré tan pequeño e indefenso como soy ?
- Dios le dijo: Entre muchos ángeles escogí uno para ti,que te está esperando, él te cuidará.
- Aquí en el cielo, sólo con cantar y sonreír me basta para ser feliz.
- Tu ángel te cantará y te sonreirá todos los días y sentirás su amor por ti, así serás feliz.
- ¿ Cómo voy a entender lo que la gente me diga si no entiendo ese extraño idioma que hablan los hombres?
-Tu ángel te dirá las palabras más dulces y más tiernas que puedas escuchar y con mucha paciencia y cariño te ensañará a hablar.
- Y qué haré cuando quiera hablar contigo?
-Tu ángel te juntará las manitos y te enseñará a rezar.
- He oído que en la tierra hay hombres malos ¿Quién me defenderá?
-Tu ángel te defenderá, aún a costa de su propia vida.
- Pero va a llegar el momento en que me pondré triste porque no te veré más mi Señor.
-Tu ángel te hablará de mí y te enseñará el camino para que regreses a mí, aunque yo siempre estaré a tu lado.
En ese momento comenzaron a sentirse voces terrestres y el niño presuroso le dijo a Dios:
¡Dios mío, si ya me voy dime su nombre! Por favor, ¿cómo se llama mi ángel?

SU NOMBRE NO IMPORTA AHORA, TÚ LE DIRÁS Mamá

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El mito azteca de la creación

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Imagen de dios Quetzalcoatl en códice azteca.

Por los caracteres y escrituras y por relaciones de los viejos y de los que en tiempo de su infidelidad eran sacerdotes y papas, por lo que dijeron los señores principales a quienes se criaba en los templos y enseñaba la ley para que la difundiesen; juntos ante mí, con sus libros y figuras antiguas, muchas de ellas, untadas con sangre humana, relataron el inicio. Parece que tenían a Tonacatecuhtli, quien tuvo por mujer a Tonacacihuatl (conocida también como Xochiquetzal). Ellos fueron señor y señora de nuestra carne y se criaron en el decimotercer cielo, de cuyo principio no se supo jamás. Engendraron a cuatro hijos. El mayor, Tezcatlipoca rojo, nombrado así porque nació colorado. Los Uexotzinco y Tlaxcala, lo tenían por su dios principal y le llamaron Camaxtli. Al segundo hijo lo nombraron Tezcatlipoca negro, el peor de los tres porque fue el que más mandó y pudo porque nació negro en medio de todos los seres y cosas. Al tercero llamaron Quetzalcoatl, conocido también como “Noche y viento”., mientras que al último y más pequeño lo llamaron “Señor del Hueso” o “La culebra con dos Cabezas”, a quien los mexicanos tuvieron como su dios principal y denominaron Huitzilopochtli.De los cuatros hijos de la primera pareja (Tonacatecuhtli y Tonacacíhuatl), Tezcatlipoca negro era omnipresente, conocía todos los pensamientos y los corazones; así es que lo llamaron Moyocoya, cuyo significado es el de todopoderoso. Su hermano menor, Huitzilopochtli (dios del pueblo mexicano) nació sin carne, con los huesos desnudos. Así se mantuvo durante los seiscientos años de quietud entre los dioses, etapa en la que nada hicieron.
Pasado el largo período, los cuatro hijos de Tonacatecuhtli se juntaron para ordenar lo que habrían de hacer y la ley que tendrían. Convinieron en nombrar a Quetzalcoatl y Huizilopochtli para que impartieran las órdenes. Entonces, por comisión y parecer de los otros dos, hicieron el fuego, después medio sol que como no estaba entero alumbraba poco y luego hicieron al hombre -Oxomoco- y a la mujer llamada Cipactónal. Les dieron la orden de que no holgaran, sino que trabajaran siempre. A él lo mandaron a labrar la tierra mientras ella hilaba y tejía. De esta primera pareja humana nacieron los macehuales. Cipactónal recibió el don de la curación a través de ciertos granos de maíz que le fueron entregados por los dioses para la cura, las adivinanzas y hechicerías como acostumbran a hacer hoy día las mujeres.
Terminada su tarea con los primeros hombres, los dioses hicieron los trescientos sesenta días del año que dividieron en dieciocho meses de veinte días cada uno. Luego crearon a los dioses que habitaron el infierno: al “Señor del Inframundo” y a su señora, la “Señora del Inframundo”.Les llegó la hora de crear los cielos y comenzaron por el más alto, desde el decimotercero para abajo para continuar con la creación del agua en la que criaron a un pez grande que llamaron Cipactli, parecido al caimán. Se juntaron los cuatro hermanos (hijos de la primera pareja) y crearon a Tláloc y a Chalchiutlicue, quienes fueron dioses del agua, a los que se les pedía cuando tenían de ella necesidad. Como estaban los cuatro juntos, hicieron del pez Cipactli la tierra, a la cual llamaron Tlaltecuhtli, portándola como deidad, sostenida por el pescado que la había engendrado. Otros dijeron que la tierra fue creada por los dioses Quetzalcoalt y Tezcatlipoca, quienes bajaron a tierra a la diosa del cielo. Ella tenía las articulaciones completamente cubiertas de ojos y bocas con las que mordía como una bestia salvaje. Antes de que la bajaran había agua (que nadie sabe quién creó) sobre la cual la diosa caminaba. Cuando vieron esto, los dioses se dijeron: “Es necesario hacer la tierra”, y diciendo esto se convirtieron los dos en grandes serpientes. Transformados, una de las serpientes agarró a la diosa de la mano derecha y el pie izquierdo y la otra de la mano izquierda y el pie derecho, jalaron tanto que la partieron por la mitad. Con la parte de atrás de los hombros hicieron la tierra, y la otra mitad la llevaron al cielo.
Los otros dioses se enteraron y se enojaron mucho, entonces para recompensar a la diosa de la tierra por el daño que le habían hecho, los dioses descendieron todos del cielo y ordenaron que de ella salieran los frutos necesarios para la vida de los hombres: de sus cabellos hicieron los árboles y flores, de su piel las pequeñas hierbas y flores, de los ojos hicieron los pozos, las fuentes y las pequeñas cavernas, de la boca los ríos y grandes cavernas mientras que de los agujeros de la nariz y de los hombros, los valles de las montañas y las montañas mismas respectivamente. La diosa lloró algunas veces durante las noches, incansablemente. Quería comer corazones de hombres y únicamente callaba cuando se los daban; y sólo llevaba fruta si estaba rociada con sangre humana. (*)

(*) Fuente: Versión de Andrés Manrique de Mitos y leyendas de los aztecas, incas, mayas y Muiscas; compilado por Walter Krickeberg; ed. Fondo de Cultura Económica.

EL MITO GUARANÍ SOBRE EL ORIGEN DEL LENGUAJE HUMANO


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Mujer guaraní


Los guaraníes habitaban en el sur de Brasil, Paraguay y el noreste argentino. Se distinguieron por ser enérgicos guerreros y cazadores. Fueron parcialmente evangelizados por los jesuitas. A su estirpe, aún presente principalmente en el Paraguay, pertenece este mito sobre el divino origen de las voces que intercambian los hombres.

EL MITO GUARANÍ SOBRE EL ORIGEN DEL LENGUAJE HUMANO
El verdadero Padre Ñamandú, el Primero,
de una pequeña porción de su propia divinidad,
de la sabiduría contenida en su propia divinidad,
y en virtud de su sabiduría creadora,
hizo que se engendrasen llamas y tenue neblina.

Habiéndose erguido (asumido la forma humana),
de la sabiduría contenida en su propia divinidad,
y en virtud de su sabiduría creadora,
concibió el origen del lenguaje humano.
Creó nuestro Padre el fundamento del lenguaje humano e hizo que
formara parte de su propia divinidad.
Antes de existir la tierra,
en medio de las tinieblas primigenias,
antes de tenerse conocimiento de las cosas,
creó aquello que sería el fundamento del lenguaje humano (o: es el fundamento del futuro lenguaje humano) e hizo el verdadero Primer Padre
Ñamandú que formara parte de su propia divinidad.

Habiendo concebido el origen del futuro lenguaje humano,
de la sabiduría contenida en su propia divinidad,

y en virtud de su sabiduría creadora concibió el fundamento del amor (al prójimo).
Antes de existir la tierra,
en medio de las tinieblas primigenias,
antes de tenerse conocimiento de las cosas,
y en virtud de su sabiduría creadora el origen del amor (al prójimo)lo concibió.

Habiendo creado el fundamento del lenguaje humano,
habiendo creado una pequeña porción del amor,

de la sabiduría contenida en su propia divinidad,
y en virtud de su sabiduría creadora
el origen de un solo himno sagrado la creó en su soledad.
Antes de existir la tierra
en medio de las tinieblas originarias,
antes de conocerse las cosas el origen de un himno sagrado lo
creó en su soledad (para sí mismo).

Habiendo creado, en su soledad, el fundamento del lenguaje humano;
habiendo creado, en su soledad, una pequeña porción de amor;

habiendo creado, en su soledad, un corto himno sagrado,
reflexionó profundamente sobre a quién hacer partícipe del fundamento
del lenguaje humano;
sobre a quién hacer partícipe del pequeño amor(al prójimo)

sobre a quién hacer partícipe de las series de palabras que componían el himno sagrado.
Habiendo reflexionado profundamente, de la sabiduría contenida en su propia divinidad,
y en virtud de su sabiduría creadora

creó a quienes serían compañeras de su divinidad.
Habiendo reflexionado profundamente,
de la sabiduría contenida en su propia divinidad,

y en virtud de su sabiduría creadora
creó al ( a los) Ñamandú de corazón grande (valeroso).
Lo creó simultáneamente con el reflejo de su sabiduría (el sol).
Antes de existir la tierra, en medio de las tinieblas originarias,
creó al Ñamadú de corazón grande.

Para padre de sus futuros numerosos hijos,
para verdadero padre de las almas de sus futuros numerosos hijos
creó al Ñamandu de corazón grande. (*)

(*) Fuente: Orígenes. Argentina; compilación de mitos de guaraníes, tehuelches, matacos y tobas, onas, pampas, araucanos y collas, de Miguel Biazzi y Guillermo Magrasi, ed. Corregidor.


UN MITO ESQUIMAL: SEDNA, LA HIJA DEL MAR


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Imagen de Sedna surgida de un artista contemporáneo: Drayton Hawthorne, quien recrea mediante su arte figuras y personajes míticos ancestrales.

Los esquimales, los inuit, como se llaman a sí mismos, desde lejanos tiempos, convivieron con la nieve, el oso, las focas, las aguas frías. Sila, divinidad invisible, era una de sus principales divinidades. Y Sedna, la Reina de las Focas, la hija del mar...

UN MITO ESQUIMAL: SEDNA, LA HIJA DEL MAR
Cuenta la leyenda que alguna vez existió una muchacha muy joven y hermosa llamada Sedna.
Nadie buscaba casarse con ella cuando tuvo la edad para hacerlo. Pero un día, vio desde su cabaña, un magnífico barco que era capitaneado por un apuesto y rico cazador extranjero, el cual se enamoró inmediatamente de la doncella y ella, después de haber sido seducida con palabras llenas de promesas y tesoros, se marchó con el desconocido.
La muchacha cayó en una terrible desesperación al conocer la verdadera identidad del cazador, que no era más que un pájaro mágico que tenía la facultad de cambiar de forma y fue así como la sedujo.
Mientras tanto su padre, al saber de la repentina desaparición de su hija, se aventuró a través del océano hasta que dió con ella.
Cuando la encontró, Sedna estaba sola y aprovecharon para huir de ahí. Pero cuando el eminente pájaro regresó y se percató de la partida de su amada, enfurecido, partió tras ella.
El pájaro, con sus poderes mágicos, desencadenó una rabiosa tempestad al ver que el padre se negaba a regresarle a Sedna. Así, el anciano, comprendió de qué se trataba todo aquello.
Había sido la voluntad sobrenatural del mar, la que reclamaba a su hija y aterrorizado hizo lo que debía hacer.
Así, lanzó a Sedna fuera del barco, para consumar el sacrificio. Ella, en medio de aquella desesperación, salió a la superficie y trató de aferrarse a las orillas del barco, pero el padre le cortó los dedos con un hacha.
Sedna hizo otro intento para salvarse, pero su padre siguió cortándole los dedos, uno por uno.
Los primeros se transformaron en focas; los segundos en “okuj” o focas de las profundidades; los terceros en morsas y el resto en ballenas.
Así, el océano calmó la furiosa tormenta después del sacrificio y todo quedó en gran tranquilidad.
Desde entonces, Sedna, La Reina de las Focas, vivió en el fondo del océano “en una región llamada Adliden donde afluyen las almas de los muertos para someterse al juicio y a la sentencia que a todos nos espera en ultratumba”. (*)
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(*) Fuente: Contell Gascó, Emilio. Mitología Universal. M. Vazquez, Editor. p.p. 24-26.



EL NACIMIENTO DE KAÁ-GUASÚ: LA YERBA MATE

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El mate es una infusión sumamente popular en la República Argentina y en Uruguay. La yerba mate es un arbusto del género de las Aquifoleaceas cuyas hojas contienen
una apreciable cantidad de un alcaloide denominado teína, (similar a la
cafeína), de considerable acción estimulante. Aquí reproduciremos una versión de la leyenda guaraní sobre el origen de kaá-guasú: la yerba mate.



EL NACIMIENTO DE KAÁ-GUASÚ: LA YERBA MATE
Y así habitaba en el cielo. Todas las noches se pasea por las alturas, alumbrando las copas de los árboles y la superficie de los esteros. Y, un buen día, se dio cuenta de que todo
lo que conocía de la selva eran lo que veía desde arriba: los ríos, las
cascadas, el colchón verde de los árboles... pero que no sabía nada de lo que
pasaba en el suelo. Así que quiso ver por sí misma las maravillas de las que
le habían hablado el sol, la lluvia y el rocío: los coatíes cazando al
atardecer, las arañas tejiendo sus telas, los pájaros empollando sus huevos...
en fin, todas esas maravillas de la naturaleza que los hombres estamos tan
acostumbrados a ver, que ya no les prestamos atención.
Hasta que un día se decidió; la invitó a Araí, la nube, y juntas se fueron a
pedirle autorización a Kuarajhí, el Dios Sol, para que las dejara bajar a la Tierra.
-Está bien -les contestó el Dios Sol-; yo les doy permiso, pero desde ya les
digo que cuando lleguen allá tendrán las mismas debilidades que los seres
humanos, y estarán expuestas a los mismos peligros, aunque ellos no puedan
verlas a ustedes.
-A la mañana siguiente -reinició don Ante, después de cambiar la cebadura-,
tempranito nomas, ya estaban las dos muchachas recorriendo la selva, paseando
entre los timbó y los quebrachos, jugando con los caí-carayá, los monos aulladores, charlando con pájaros guacamayos, y con los
metalizados mbaé-í-humbí, un picaflor amazónico, y riéndose de las patas chuecas de los aba-caé u osos hormigueros.
Caminaron durante horas entre gigantescos lapachos y urundays, abriéndose paso
entre los bejucos y las lianas y tejiendo collares y coronas de orquídeas y
mburucuyás, las flores pasionarias. Así, hasta que llegó el mediodía y, como si hasta ese momento no lo hubieran notado, llegó hasta
ellas el rumor sordo e ininterrumpido del
monte, entretejido por el parloteo estridente de los loros, el graznido de los
halcones, el martilleo del pájaro carpintero y todos esos otros sonidos que no
se pueden definir con precisión, pero que forman parte de esa vida bullente y
siempre renovada de la selva.
Todo aquel bullicio, sumado a su inexperiencia, hizo imposible que escucharan
los sigilosos pasos del yaguareté, famélico después de una larga noche
o de una infructuosa cacería. La bestia rugió furioso en el momento del ataque, mientras las diosas cerraban sus ojos, esperando los zarpazos que acabarían con su frágil vida humana. En lugar de ello, oyeron un silbido y un golpe sordo, tras el cual el salvaje bramido se
tornó en gemido cuando una flecha, disparada por un joven cazador guaraní que
pasaba accidentalmente por el lugar, se clavó profundamente en el flanco
expuesto del animal.
Enfurecida de dolor, la fiera se revolvió contra el cazador, abriendo sus
fauces aterradoras y sangrando por el costado, pero una nueva flecha acabó con
su agresión. En medio del fragor de la lucha, el joven cazador de la tribu cypoyai
creyó entrever la silueta de dos mujeres que huían despavoridas, pero luego,
al revisar los rastros, no vio más que la sangre derramada del yaguareté y los
arañazos de sus zarpas en la hierba, y creyó haberse equivocado.
El cypoyai, orgulloso frente a su primer jaguar, sacó su cuchillo, lo desolló
cuidadosamente y luego se acostó a la sombra de un ceibo. Agotado por la
excitación de la caza, durmió profundamente y, mientras lo hacía, soñó que dos
hermosas mujeres, de piel blanca como la espuma del río y rubias cabelleras
como nunca había visto, se acercaban a él y, llamándolo por su nombre, una de
ellas le dijo:
-Yo soy Yasí, y ella es mi amiga Araí; volvimos para agradecerte el habernos
salvado la vida. Fuiste muy valiente al enfrentarte al yaguareté para
defendernos, y por eso voy a entregarte un premio que te envía Kuarajhí, el Dios Sol. Más
tarde, cuando llegues de vuelta a tu maloka (casa), encontrarás junto a la
entrada una planta que no reconocerás; la llamarás caa, y con sus hojas podrás
preparar una bebida que acerca los corazones solitarios y ahuyenta la
nostalgia y la tristeza. Es mi regalo para tí, para tus hijos y para los hijos
de tus hijos...
Luego, en su sueño el joven cazador creyó ver que las dos muchachas se
alejaban entre los árboles, seguidas por una bandada de mariposas blancas, y
enseguida fueron solamente un resplandor entre los arbustos. Pero al
atardecer, al llegar a su tavá (pueblo) él y los miembros de su familia vieron un
nuevo arbusto de hojas ovaladas y brillantes que brotaba por doquier. Ante el
asombro de todos, el joven cypoyai siguió las instrucciones de Yasí: picó
cuidadosamente las hojas, las colocó dentro de una pequeña calabacita seca, y la llenó con agua fresca del arroyo. Luego buscó una caña fina, la introdujo en el mate y probó la
nueva bebida. Al comprobar que calmaba rápidamente su sed, y saborear su
agradable dejo amargo, invitó a sus familiares y, no contento con ello,
abandonó la maloka y llamó a sus vecinos, para hacerles probar su nuevo
hallazgo. Pronto el recipiente fue pasando de mano en mano, y en poco tiempo
toda la tribu había adoptado la nueva infusión: ¡había nacido el mate! (*)

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(*) Fuente: Cuentos y leyendas argentinos, Selección y prólogo de Roberto Rosaspini Reynolds, Buenos Aires, Ediciones Continente.








LA LEYENDA DEL ALGARROBO
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LA LEYENDA DEL ALGARROBO


Era en tiempos de los Incas.
Los quichuas adoraban con las principales honras a Viracocha, señor supremo del reino. También adoraban a Inti, a las estrellas, al trueno y a la tierra.
Conocían a esta última con el nombre de Pachamama, que es como decir "Madre Tierra" y a ella acudían para pedir abundantes cosechas, la feliz realización de una empresa, caza numerosa, protección para las enfermedades, para el granizo, para el viento helado, la niebla y para todo lo que podía ser causa de desgracia o sinsabor.
Levantaban en su honor altares o monumentos a lo largo de los caminos.
Los llamaban apachetas y consistían en una cantidad de piedras amontonadas unas encima de las otras, formando un pequeño montículo.
Allí se detenía el indio a orar, a encomendarse a la Pachamama, cuando pasaba por el camino al alejarse del lugar por tiempo indeterminado o simplemente cuando se dirigía al valle llevando sus animales a pastar.
Para ponerse bajo la protección de la Pachamama, depositaba en la apacheta, coca, o cualquier alimento que tuviera en gran estima, seguro de conseguir el pedido hecho a la divinidad.
Respetuoso de la tradición y de las costumbres, el pueblo quichua jamás había olvidado sus obligaciones hacia los dioses que regían sus vidas.
Pero llegó un tiempo de gran abundancia en que los campos sembrados de maíz eran vergeles maravillosos que daban copiosa cosecha, la tierra se prodigaba con exuberancia y la ociosidad fue apoderándose de ese pueblo laborioso que, olvidando sus obligaciones, abandonó poco a poco el trabajo para dedicarse a la holganza, al vicio y a la orgía.
Se desperdiciaba el alimento que tan poco costaba conseguir, y con las espigas de maíz, que las plantas entregaban sin tasa, fabricaban chicha con la que llenaban vasijas en cantidades nunca vistas.
Fue una época sin precedentes.
El vicio dominaba a hombres y mujeres. Ellos, en su inconsciencia, sólo pensaban en entregarse a los placeres bebiendo de continuo y con exceso, comiendo en la misma forma y danzando durante todo el tiempo que no dedicaban al sueño o al descanso.
Los depósitos repletos proveían del alimento necesario y nadie pensó que esa fuente, que les proporcionaba granos y frutos en abundancia, se agotaría alguna vez.
El desenfreno continuaba y nada había que llamara a ese pueblo a la reflexión y a la vida ordenada y normal.
Llegó la época en que se hacía imprescindible sembrar si se pretendía cosechar, pero nadie pensaba en ello.
Inti, entonces, al comprobar que el pueblo desagradecido olvidaba los favores brindados por la Pachamama, queriendo darles su merecido, resolvió castigarlos.
Con el calor de sus rayos, que envió a la tierra como dardos de fuego, secó los ríos y lagunas, los lagos y vertientes y, como consecuencia, la tierra se endureció, las plantas perdieron sus hojas verdes y sus flores, los tallos se doblaron y los troncos y las ramas de los árboles, resecos y polvorientos, parecían brazos retorcidos y sin vida.
En los géneros aún quedaban alimentos, y en los cántaros, chicha. ¿Qué importancia tenía, entonces, para esas gentes, que las plantas se secaran y que el río hubiera dejado de correr, y seco y sin vida, mostrara las paredes pedregosas de su lecho?
Mientras durara la chicha no podría desaparecer la felicidad ni la alegría.
Pero un día llegó en que, con asombro, comprobaron que los graneros no eran inagotables y que, para servirse de sus granos y de sus frutos, era necesario depositarlos primero. El alimento comenzó a escasear, y con ello las penurias, la miseria y el hambre hicieron su aparición.
Recapacitaron entonces los quichuas, decidiendo volver a trabajar los campos y a sembrarlos.
Pero el castigo de Inti no había terminado y la tierra, cada vez más reseca y dura, no se dejaba clavar los útiles con que pretendían labrarla, y así era imposible poner la semilla. La desolación y la miseria fueron soberanas de ese pueblo que, en un instante, olvidó las leyes de sus dioses y sus obligaciones con la vida.
Los animales, flacos, sin fuerzas, morían en cantidad y parecía mentira que esos campos, que al presente se asemejaban al más desolado de los páramos, hubieran podido ser, alguna vez, praderas alegres cubiertas de hierbas y de árboles o de extensas plantaciones de maíz, en las que los frutos se ofrecían generosos.
Los niños, pobres víctimas inocentes de los pecados y de la disipación de los mayores, débiles, flacos, con los rostros macilentos, los ojos grandes y desorbitados, verdaderos exponentes de miseria y de dolor, sólo abrían sus bocas resecas para pedir algo que comer. Los más débiles morían sin que nadie pudiera hacer algo por ellos.
El sol caía a plomo. De una de las casas de piedra que se hallaban en los alrededores de la población, una mujer salió, corriendo desesperada.
Era Urpila que, enloquecida porque sus hijos morían de hambre y de sed , arrepentida de las faltas cometidas en los últimos tiempos, demostrando a todos su vergüenza, su pecado y su olvido de Inti y de la Pachamama, corría a la primera apacheta del camino a pedir protección a la Madre Tierra y a depositar su ofrenda de coca y de llicta, últimas porciones que había podido conseguir.
Llegó a la apacheta y, casi sin fuerzas, comenzó a implorar:
Pachamama,
Madre Tierra,
Kusiya... Kusiya...

Lloró y se desesperó ante el altar de la diosa, prometiendo enmienda y sacrificios.
Extenuada, sin fuerzas para continuar, se sentó en el suelo, apoyando su cuerpo cansado en el tronco de un árbol que crecía a pocos pasos y cuyas ramas secas parecían retorcerse en el espacio.
Tan grande era su fatiga, tanta su debilidad, que, vencida, bajó la cabeza y no tardó en quedarse profundamente dormida.
Tuvo sueños felices. La Pachamama, valorando su arrepentimiento, llenó su alma de visiones de esperanza y acercándose a ella, con toda la grandeza que como diosa le concernía, le habló generosa:
No te desesperes, mujer. El castigo ha dado sus frutos y el pueblo, arrepentido como tú misma de su ocio y desenfreno, retornará a su existencia anterior, que es la justa, la verdadera. La vida renacerá sobre la tierra que volverá a brindar sus frutos y su belleza.
Cuando despiertes, y antes de irte, abre tus brazos y recibe las vainas que ha de regalarte este "Arbol", desde hoy sabrás. Que las coman tus hijos y los hijos de otras madres, que con ellas calmarán su hambre y apagarán su sed. Tu humildad y tu arrepentimiento han hecho posible este milagro que Inti realiza para ti.

Cuando Urpila despertó, creyó morir, tal era su decepción. El aspecto de la tierra en nada había variado y la visión había desaparecido.
Se convenció de que su sueño había sido sólo eso: un sueño. Pero, recapacitando, volvieron a su mente las palabras de la Pachamama y recordó al "Arbol".
Levantó entonces sus ojos hacia las ramas que parecían secas, y tal como la diosa lo anunciara, las vainas doradas se ofrecían a su desesperación como una esperanza de vida.
Cambió en un instante su estado de ánimo dándole fuerzas extraordinarias. Se levantó ansiosa y cortó... cortó los frutos generosos hasta que entre sus brazos no cupieron más.
Entonces corrió al pueblo, hizo conocer la nueva y todos se lanzaron a buscar las milagrosas vainas color castaño, mientras ella repartía entre sus hijos el tesoro que encerraban sus brazos de madre y que le había concedido la Pachamama.
El pueblo volvió a la vida y veneró desde entonces al "Arbol Sagrado" que fue su salvación y que ha partir de ese día les brinda pan y bebida que ellos reciben como un don.
Ese árbol venerado es el algarrobo, que tiene la virtud, además de las nombradas, de ser, en tiempos grandes sequías, el único alimento de los animales. (*)
(* ) Fuente: Leyenda recopilada por Leonor Lorda Perellón.

Fo
tografía arrriba de algarrobo
©Jorge Luis Manrique
LA LEYENDA DEL JACARANDA

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En la provincia argentina de Corrientes nació esta leyenda en torno al jacarandá, árbol de bellas flores...
Cuando los españoles comenzaron a poblar Corrientes, trayendo consigo a sus familias, vino a habitar este suelo un caballero que traía consigo a su hija. Una bella jovencita de escasos dieciséis años, de tez blanca, ojos azul oscuro y negra cabellera. Se instalaron en una zona no muy retirada de la ciudad de las Siete Corrientes, en una reducción donde los jesuitas cumplían su misión evangelizadora y civilizadora, enseñando no sólo el amor a Cristo sino también a cultivar la tierra a los guaraníes.
Entre los jóvenes de esa reducción se distinguía Mbareté, un mocetón
veinteañero alto y fornido, que trabajaba la tierra con tesón, como queriendo arrancar de sus entrañas toda su riqueza y sus secretos.
Una tarde en que Pilar -la joven española- salió a caminar en compañía de una doncella que la servía, vio a Mbareté y fue verlo y prendarse de su apostura. El indio también la observó con disimulo al principio, con desenfado después, y admiró su blanca piel, su negro cabello y el color de sus ojos.
El encuentro fue fugaz. Tan sólo intercambiaron una mirada. Pero Mbareté la siguió con la vista hasta que la joven desapareció entre unos arbustos. El indio buscó la forma de que el jesuita le asignara tareas cerca de las casas y, en silencio, hurgaba por cuanta abertura había, para poder ubicar a la joven.
Pilar, entre tanto, no podía borrar de su retina la imagen del joven aborigen. No podía olvidar lo hermoso que le pareció con su torso desnudo, cubierto de gotas de sudor que le parecían chispas del sol que se le pegaban al cuerpo, al estar realizando su rudo trabajo.
No pasó mucho tiempo y un día Pilar y Mbareté se encontraron. Esta vez las miradas fueron largas y profundas. Tan profundas que -sin palabras- se adentraron en el espíritu de ambos, mutuamente.
Mbareté pidió ál sacerdote que los instruía que le enseñara el castellano. Y aprendió rápido todas aquellas palabras que le sirvieran para expresarle a
Pilar que la amaba desde el primer día en que se conocieron. Y buscó la forma de encontrarla a solas y poder hablarle. Y esa oportunidad la tuvo el día en que halló a la joven rodeada de indiecitos a quienes les enseñaba el catecismo. El joven se acercó al grupo y sin musitar palabra permaneció observándola hasta que los niños se fueron.
Entonces, Mbareté caminó junto a ella y, ante su asombro, le habló en español -balbuceante, al principio- para confesarle su amor. Pilar se ruborizó, se sintió confundida, quiso ocultar sus sentimientos, pero sus hermosos ojos azules y su cálida sonrisa la traicionaron y el joven pudo comprobar que era correspondido.
Los encuentros se repitieron. Mbareté le propuso huir juntos, lejos, donde su padre no pudiera encontrarlos. Le habló de construir una choza, junto al río, para ella y allí unir sus vidas. Pilar aceptó y, cuando la choza estuvo concluida, amparándose en las sombras de una noche en que Yasy les brindó su complicidad, escapó con su amado.
A la mañana siguiente, el caballero español buscó infructuosamente a su hija, hizo averiguaciones y alguien de la reducción le comentó que la habían visto frecuentemente en compañía de Mbareté y que éste también había
desaparecido.
Furioso, el padre convenció a varios compañeros para que lo ayudaran a
encontrar a la pareja y, fuertemente armados, comenzaron la búsqueda. Pasaron varios días hasta que descubrieron la choza junto al río. Sigilosamente, tomaron posiciones para observar a sus moradores. Así vieron llegar a Mbareté en su canoa, con el producto de su pesca, y vieron también salir a Pilar a recibirlo.
El padre de la joven no resistió la visión de la tierna escena de los amantes abrazados y salió de su escondite gritando el nombre de su hija y apuntando con su arma al indio. La joven vio el fuego del odio en los ojos de su padre y comprendió lo que cruzaba por su mente. Trató de evitarlo; de explicarle su actitud, pero el español siguió avanzando con el dedo en el disparador. Pilar se interpuso entre los dos hombres en el preciso instante en que la carga fue lanzada y cayó con el pecho teñido de rojo, fulminada por su propio padre. Al ver esto, Mba-reté quedó atónito, tieso, sin atinar a defenderse. Fue entonces cuando otro disparo le dio en plena frente y el joven se desplomó sobre el cuerpo de su amada.
El padre, dolorido e indignado, no se acercó siquiera a los cuerpos yacentes e instó a sus compañeros a volver a la reducción. Esa noche, la imagen de su hija no pudo apartarse de su mente, y con las primeras luces del alba, inició el camino hacia el lugar donde tan tristemente terminara ese amor tan grande que motivó que los jóvenes se olvidaran de sus
diferencias de raza.
Cuando llegó a la choza, el español no halló restos de la tragedia y en el
lugar donde la tarde anterior yaciera la pareja -sin que existiera ningún
rastro de la sangre allí derramada- se erguía un hermoso árbol de tronco
fuerte, cubierto de flores azul oscuro que se mecían suavemente con la
brisa.
El hombre tardó en comprender que Dios había sentido misericordia de los enamorados y había convertido a Mbareté en ese árbol, y que los ojos de su hija lo miraban desde todas y cada una de las azules flores del jacarandá.
(*)

(*) Fuente: Cuentos y leyendas de la Argentina, Barcelona, José Olañeta Editor, pp. 57-60.

LEYENDA DEL SANTOS VEGA
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En la Pampa Argentina se escuchó la voz del payador sublime: el Santos Vega. Rafael Obligado se inspiró en su leyenda para crear un importante poema de la literatura gauchesca. El momento más recordado de la leyenda del Santos Vega es su encuentro con otro payador, el Supay, versión lugareña del diablo. Ambos payadores se trenzan en una payada, en una confrontación entre dos cantores en medio de los rasgueos de guitarra. Y entonces...
LEYENDA DEL SANTOS VEGA
En tiempos distintos y nebulosos, allí donde se pierde el recuerdo de los orígenes de la nacionalidad argentina, Santos Vega fue el más potente payador. Su numen era inagotable en la improvisación de endechas, ya tiernas, ya humorísticas; su voz, de timbre cristalino y trágico, inundaba el alma de sorpresa y arrobamiento; sus manos arrancaban a la guitarra acordes que eran sollozos, burlas, imprecaciones. Su fama llenaba el desierto. Ávida de escucharlo, acudía la muchedumbre de los cuatro rumbos del horizonte. En las "payadas de contrapunto", esto es, en las justas o torneos de canto y verso, salía siempre triunfante. No había en las pampas trovador que lo igualara; ni recuerdo de que alguna vez lo hubiese habido. Dondequiera que sé presentase rendíale el homenaje de su poética soberanía aquella turba gauchesca tan amante de la libertad y rebelde a la imposición. Para el alma sencilla del paisano, dominada por el canto exquisito, Santos Vega era el rey de la Pampa.
A la sombra de un ombú, ante el entusiasta auditorio que atraía siempre su arte, inspirado por el amor de su "prenda", una morocha de ojos negros y labios rojos, cantaba una tarde Santos Vega el payador sus mejores canciones. En religioso silencio le escuchaban hombres y mujeres, conmovidos hasta dejar correr ingenuamente las lágrimas... En esto se presenta a galope tendido un forastero, tírase del caballo, interrumpe el canto y desafía al cantor. Es tan extraño su aspecto, que todos temen vaga y punzantemente una desgracia. Pálido de coraje, Santos Vega acepta el desafío, templa la guitarra y canta sus cielos y vidalitas. Y cuando termina, creyendo imposible que un ser humano le pueda vencer, los circunstantes lo aplauden en ruidosa ovación. Hácese otra vez silencio. Tócale su turno al forastero... Su canto divino es una música nunca oída, caliente de pasiones infernales, rebosante de ritmos y armonías enloquecedoras... ¡Ha vencido a Santos Vega! Nadie puede negarlo, todos lo reconocen condolidos y espantados, y el mismo payador antes que todos... ¡Adiós fama, adiós gloria, adiós vida!
Santos Vega no puede sobrevivir a su derrota...Acaso el vencedor, en quien se reconoce ahora al propio diablo, al temido Juan Sin Ropa, habiendo ganado, y como trofeo de su victoria, pretenda llevarse el alma del vencido...Desde entonces, en efecto, desapareciendo del mundo de los mortales, Santos Vega es una sombra doliente que, al atardecer y en las noches de luna, cruza a lo lejos las pampas, la guitarra terciada en la espalda, en su caballo veloz como el viento. (*)
(*) Fuente: Cuentos y leyendas de la Argentina, Barcelona, José Olañeta Editor, pp. 63-65.

EL PUENTE DEL INCA Y SU LEYENDA

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El Puente del Inca se halla en la Cordillera de los Andes, en la provincia de Mendoza, en la República Argentina. Su longitud es de 47 metros, su ancho de 28 mts. Se extiende sobre el Río Las Cuevas. Este muy conocido puente natural de piedra se llama "del inca" porque se cree que la realeza inca descendía con frecuencia hasta a él, para beneficiarse con sus medicinales aguas termales. Debajo del puente, se encuentra una pileta donde fluyen las tibias y terapéuticas aguas. En las proximidades, se halla el Cerro Los Penitentes, llamado así porque sus paredones de piedra, observado desde lejos, se parecen a enormes monjes en procesión. external image fotopincab.jpg Antiguamente las fuentes termales eran muy concurridas, especialmente durante la temporada que se prolongaba desde el 10 de noviembre hasta el 30 de abril. Un hotel cercano, fue destruido por un gigantesco alud de nieve al promediar la década de los años '60. Desde el puente, se despliegan cortinas de hielos, y otras composiciones minerales, que componen superficies jaspeadas por diversos colores. Entre las variadas tonalidades emergen también estalacticas. Algunas mañanas, el puente se baña con tonalidades doradas. Su luz reflejada en la nieve y el agua esculpe etéricos arcos iris. La tierra emana entonces visos de fantasía. Esta geografía motivó así su sacralización por los indios. La imaginación indígena concibió que el puente debía tener un origen divino. De esta manera surge la Leyenda del Puente del Inca que ahora compartimos con ustedes aquí, en este momento de Temakel.

LA LEYENDA DEL PUENTE DEL INCA
Estaba ya próximo el fin del Inca del Imperio, y su sucesor, su único hijo, se encontraba gravemente enfermo. El pueblo, que sentía adoración por el futuro monarca, elevaba sus ruegos al dios Inti (Sol), a Mama-Quilla (la Luna) y a todos los dioses, haciendo sacrificios en su honor por la salud del enfermo. Pero ni los médicos del imperio ni las súplicas del pueblo devolvían la salud al inteligente y bondadoso príncipe. external image fotopincaa.jpgSi éste llegaba a morir, desaparecía con él uno de los más poderosos Incas del Imperio, que habría de gobernarlos con verdadera sabiduría y justicia. El temor de su muerte llenó de tristeza al pueblo, que no cesaba de interrogar a los dioses cuál era el remedio eficaz para salvar la vida al futuro monarca. Al fin consultaron a los Amautas (filósofos), y ellos dijeron que el príncipe recuperaría la salud, si se bañaba en unas aguas de maravilloso poder que existían en regiones del continente muy apartados. En efecto: sabían que en unos lugares lejanos, en dirección al sur, entre las rocas de los cerros de la cordillera, brotaba el agua buena que curaba a los enfermos de todos sus males. También aseguraron que para llegar a esas fuentes, había que recorrer largas distancias, atravesar desiertos y escalar montañas. Los sacerdotes, los sabios y los médicos decidieron el viaje del príncipe a tan lejanas regiones, y sin pérdida de tiempo comenzaron los preparativos para realizarlo. En una mañana de sol, luminosa y clara, partió del Cuzco, en dirección al sur, la larga caravana de viajeros que había de conducirlo hasta las fuentes de las que brotaba el agua salvadora. Acompañaban al príncipe, los nobles, sabios, sacerdotes y médicos. Los seguía una recua de llamas cargadas con víveres todo lo necesario para tan largo viaje. Muchas lunas duró la travesía. Montañas abruptas, valles tranquilos, campos desiertos, verdes praderas, ríos, arroyos pasaron ante los ojos de la larga caravana que, llena de asombro, admiraba cuadros maravillosos en los que la Naturaleza parecía haber reunido toda su grandeza y esplendor. Durante la noche veían las montañas como si fueran espectros gigantescos, y oían salir de las montañas como si fueran espectros gigantescos, y oían salir de las entrañas de la tierra y de los precipicios, roncos acentos que el eco repetía como voces misteriosas en la inmensidad del espacio. Llegados a cierto lugar, se quedaron los indios maravillados ante la imponente majestad de uno de los colosos de la cordillera y exclamaron asombrados: ¡ Acon-Cahua! Esto, traducido de su idioma, el quichua, significa: "vigía o centinela de piedra". Se encontraron ante nuestro grandioso Aconcagua, el pico más alto de nuestra cordillera y uno de los más elevados del globo. A poco andar, llegaron al fin, en los últimas horas de la tarde, a una quebrada en cuyo fondo corría encajonado un río torrentoso que bramaba entre las piedras de su profundo lecho. Se detuvieron; y el sonido estridente de la quepa (clarín) anunció que allí se encontraban las fuentes del agua salvadora. Pero esas fuentes estaban en el lado opuesto de la quebrada; la distancia que los separaba de ellas era demasiado grande y el camino inaccesible.
¡Creyeron desfallecer ante el obstáculo insalvable que se les presentaba! Pasaron allí la noche cavilando en el modo de llegar a las fuentes, mas al amanecer del día siguiente, les fue dado presenciar el hecho más maravilloso que imaginar podían. Cuando las primeras claridades de la aurora comenzaron a colorear la nieve de los montes vecinos, hubo un momento indescriptible en que, ante el asombro de los aborígenes, los picos helados parecieron inclinarse hacia la quebrada. Inmensos peñascos caían desde colosales alturas, al mismo tiempo que grandes trozos de hielo seexternal image fotopincaea.jpg desprendían de las cimas. Unidos unos y otros formaron un puente magnífico por el que podía llegarse sin dificultad a las fuentes del agua maravillosa. De este modo, el poder sobrenatural de los dioses acercó al príncipe de los Incas a las fuentes de las aguas buenas, las que le dieron la salud y la vida; y a su pueblo, la alegría y la calma. Así fue como la larga caravana que viajó desde el Cuzco regresó jubilosa, llevando en sus ojos la visión encantada de la grandeza sublime de nuestras montañas y el poder sobrehumano de sus dioses buenos. Los indios llamaron al puente maravilloso, el Puente del Inca. Cuentan que al acercarse la noche, cuando los cerros que la rodean se esfuman como envueltos en velos de suaves colores, una larga caravana de figuras extrañas parece cruzar de unos montes a otros, mientras que el cantar del agua de las cascadas rompe gozoso el misterioso silencio de las montañas inmensas. (*)
(*)Fuente: Versión de la leyenda en página web sobre Puente del Inca.

La leyenda pampena de la piedra de Tandil

Este notable fenómeno de la naturaleza causó el asombro de cuantos le conocieron. La famosa piedra se encontraba sobre el lomo de una sierra del sistema del Tandil, en la provincia de Buenos Aires, República Argentina. Estaba situada en lo alto, al borde de un precipicio, unidaexternal image piedratandilmovediza.jpg a la roca por un punto de su base, sobre el cual se apoyaba inclinada hacia el vacío. Esta mole de granito tenía lo forma de una campana y media aproximadamente cinco metros de diámetro y cuatro de altura. Lo más notable de ella era que se balanceaba continuamente, oscilando a razón de sesenta veces por minuto. Ni los más violentos huracanes, ni los rayos ni nada pudo desprender la roca de su lugar, donde se mantenía con increíble equilibrio, ante la admiración de gran cantidad de personas que iban al lugar para verla. Un día, el 29 de febrero de 1912, sin ninguna causa visible, en las últimas horas de una tarde muy serena, la piedra rodó por la ladera sin que hasta la fecha haya podido explicarse la razón de la existencia ni los motivos de la caída de esta verdadera maravilla natural.
A los pocos días de su caída, se acercó a la misteriosa piedra el gran escritor argentino **Ricardo Rojas**. Producto de esta visita, es un magnífico texto olvidado llamado **La piedra muerta**.
Y ahora acompañemos el modo como la imaginación nativa concibió el origen de la extraña piedra...
Era el principio de los tiempos. El Sol y la Luna eran marido y mujer: dos dioses gigantes, tan buenos y generosos como enormes eran. El Sol era el dueño de todo el calor y la fuerza del mundo; tanto era su poder que de sólo extender los brazos la tierra se inundaba de luz y de sus dedos prodigiosos brotaba el calor a raudales. Era el dueño absoluto de la vida y de la muerte. Ella, la Luna, era blanca y hermosa. Dueña de la sabiduría y el silencio; de la paz y la dulzura. Ante su presencia todo se aquietaba. Andando por la tierra crearon la llanura: una inmensa extensión que cubrieron de pastos y de flores para hacerla más bella. Y la llanura era una lisa alfombra verde por donde los dioses paseaban con blandos pasos. Luego crearon las lagunas donde el Sol y la Luna se bañaban después de sus largos paseos.
Pero los dioses se cansaron de estar solos: y poblaron de peces las aguas y de otros animales la tierra.¡Qué felices se sentían de verlos saltar y correr por sus dominios! Satisfechos de su obra decidieron regresar al cielo. Entonces fue cuando pensaron que alguien debía cuidar esos preciosos campos: y crearon a sus hijos, los hombres. Ahora ya podían regresar. Muy tristes se pusieron los hombres cuando supieron que sus amados padres los dejarían. Entonces el Sol les dijo:
-Nada debéis temer; ésta es vuestra tierra. Yo enviaré mi luz hasta vosotros, todos los días. Y también mi calor para que la vida no acabe.

Y dijo la Luna:
-Nada debéis temer; yo iluminaré levemente las sombras de la noche y velaré vuestro descanso.

Así pasó el tiempo. Los días y las noches. Era el tiempo feliz. Los indios se sentían protegidos por sus dioses y les bastaba mirar al cielo para saber que ellos estaban siempre allí enviándoles sus maravillosos dones. Adoraban al Sol y la Luna y les ofrecían sus cantos y sus danzas.
Un día vieron que el Sol empezaba a palidecer, cada vez más y más y más... ¿qué pasaba?, ¿qué cosa tan extraña hacía que su sonriente rostro dejara de reír? Algo terrible, pero que no podían explicarse, estaba sucediendo. Pronto se dieron cuenta que un gigantesco puma alado acosaba por la inmensidad de los cielos al bondadoso Sol. Y el Dios se debatía entre los zarpazos del terrible animal que quería destruirlo. Los indios no lo pensaron más y se prepararon para defenderlo. Los más valientes y hábiles guerreros se reunieron y empezaron a arrojar sus flechas al intruso que se atrevía a molestar al Sol. Una, dos, miles y miles de flechas fueron arrojadas, pero no lograban destruir al puma, que, por el contrario, cada vez se ponía más furioso. Por fin uno dio en el blanco y el animal cayó atravesado por la flecha que entraba por el vientre y salía por el lomo. Sí, cayó, pero no muerto. Y allí estaba, extendido y rugiendo; estremeciendo la tierra con sus rugidos. Tan enorme era que nadie se atrevía a acercarse y lo miraban, asustados, desde lejos. En tanto el Sol se fue ocultando poco a poco; había recobrado su aspecto risueño. Los indios le miraban complacidos y él les acariciaba los rostros con la punta de sus tibios dedos. El cielo se tiñó de rojo... se fue poniendo violeta.., violeta. ... y poco a poco llegaron las sombras. Entonces salió la Luna. Vio al puma allá abajo, tendido y rugiendo.Compadecida quiso acabar con su agonía. Y empezó a arrojarle piedras para ultimarlo. Tantas y tan enormes que se fueron amontonando sobre el cuerpo hasta cubrirlo totalmente. Tantas y tan enormes que formaron sobre la llanura una sierra: la Sierra de Tandil. La última piedra que arrojó cayó sobre la punta de la flecha que todavía asomaba y allí se quedó clavada. Allí quedó enterrado, también, para siempre, el espíritu del mal, que según los indios no podía salir. Pero cuando el Sol paseaba por los cielos, se estremecía de rabia siempre con el deseo de atacarlo otra vez. Y al moverse hacía oscilar la piedra suspendida en la punta de la sierra.(*)
(*) Fuente: Leyendas argentinas, de Neli Garrido de Rodríguez, editorial Plus Ultra.
Foto arriba: la piedra movediza de Tandil antes de su derrumbamiento en 1912.
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