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La sociedad argentina a principios del siglo XX

En 1869 el presidente Sarmiento mandó realizar el Primer Censo Nacional, obteniendo como resultado que la población ascendía a 1.800.000 individuos aproximadamente, aunque en esa cifra quedaban fuera de las estadísticas todos los territorios del Chaco y la Patagonia, donde los blancos casi no tenían acceso. Poner en marcha un proceso de modernización tal como lo soñaba la elite implicaba contar con mayor cantidad de brazos para trabajar, por lo que la idea alberdiana de "gobernar es poblar" se convirtió en objetivo político. Ese ideal fue instrumentado por la Ley Avellaneda (1876), que reguló la inmigración y la colonización y cuyos resultados numéricos sobrepasaron las expectativas, en particular durante el período 1902-1914, cuando el número de habitantes del país llegó casi a duplicarse.
Los inmigrantes que venían con el sueño de la posesión de la tierra comprobaron, en su mayoría, que ese era un sueño inalcanzable porque la clase dominante no estaba dispuesta a ceder o repartir las tierras. Se asentaron, entonces, en las zonas rurales como peones o arrendatarios. Muchos se volvieron a sus países de origen (casi la mitad de los llegados) y otros tantos se instalaron en las ciudades, donde las oportunidades de ascenso social eran más amplias, colaborando así en el proceso de urbanización que transformó la fisonomía del país.
Entre aquellos inmigrantes llegados al país fue destacándose la inmigración española, que como hecho masivo se inició después de que la Argentina proveyó pasajes gratis o subsidiados. Según los datos estadísticos la inmigración española en la Argentina fue aumentando en cantidad y también en porcentaje con respecto a otras nacionalidades tal como lo muestra el siguiente cuadro:
Período
Saldo migratorio
Porcentaje sobre el total de inmigrantes
1861-1880
40.273
15.7
1881-1900
208.043
24.6
1901-1920
669.652
42,9
El estudio de los Censos nacionales nos da cuenta del crecimiento de la población española en comparación con otros grupos nacionales. En 1869 constituía el 16,1% de los extranjeros, en 1895 el 19.8% y en 1914 el 35,2%. En ese último año llegaron a igualar a los inmigrantes italianos y algunos estudiosos sostienen que tenían una mayor tendencia a la permanencia estable puesto que su índice de masculinidad era mucho menor que el de los italianos5.
Al mismo tiempo se producía la expansión ferroviaria, la instalación de los grandes frigoríficos (ingleses, estadounidenses y argentinos), que juntamente con la construcción de la infraestructura portuaria y de provisión de servicios dinamizaron la economía, facilitando la formación de amplios sectores de clase obrera y también de clase media constituida por empleados (en especial del Estado), profesionales, artesanos, pequeños industriales y comerciantes. Esta clase media, concentrada en los centros urbanos, estaba formada en gran parte por los inmigrantes y sus descendientes.
Otros grupos humanos que vivían en las zonas recientemente ocupadas por los blancos: Misiones, Chaco y la Patagonia, casi no eran tomados en cuenta por su situación "incivilizada". En las décadas de 1870 y 1880 se habían "eliminado" las fronteras internas con la llamada "Campaña al Desierto", eufemismo utilizado para ocupar territorios hasta ese momento en manos de las naciones aborígenes integrándolos a la producción. A principios del siglo XX los grandes estancieros del sur querían desembarazarse del "problema indígena" usando al ejército y aun a matones a sueldo. En el Chaco, donde las tribus diezmadas habían perdido casi toda su capacidad de ataque, eran señaladas por los colonos como peligrosas. Eran esos mismos colonos quienes demandaban una mayor seguridad al mismo tiempo que señalaban la poca afección de los indios al trabajo y, por lo tanto, mientras que reclamaban su sometimiento para que se integrasen como mano de obra ("el elemento bracero") en la transformación productiva regional. ¿Quiénes sino ellos trabajarían en el surco, en la zafra y en el ingenio azucarero? ¿Quiénes sino ellos podrían talar el monte o levantar la cosecha de algodón? En este marco el gobierno nacional tenía una política contradictoria: por un lado, hablaba de la necesidad de someter los últimos vestigios de la barbarie, pero al mismo tiempo proponía la conquista pacífica de los suelos que ocupaban esas tribus. Esta ambigüedad facilitó el uso de la violencia como práctica constante y generalizada para superar los conflictos. Prueba de ello fue que en 1911 el coronel Rostagno se hizo cargo de la División de Caballería con el objetivo de "barrer" la costa del río Pilcomayo. Si bien los informes oficiales de la campaña no hablan de batallas, el acorralamiento y la incorporación compulsiva de las tribus fueron el caldo de cultivo donde se gestaron los grandes levantamientos posteriores a 1918. Casi al mismo tiempo y dentro de lo contradictorio de la situación había surgido la necesidad de regular las relaciones con estos grupos y de "protegerlos", siendo Juan Bialet Massé6 uno de los primeros en mostrar esta problemática en su "Informe sobre el Estado actual de las clases obreras argentinas" (1904) y en su posterior "Proyecto de Creación del Patronato Nacional de Indios". Recién en 1912 el gobierno nacional estableció por decreto la creación de la Dirección General de Territorios Nacionales, encargada de "aplicar leyes, decretos y disposiciones que se dicten sobre reducción, protección e instrucción", porque era urgente ocuparse de las "tribus cuyo sometimiento vaya obteniéndose". En la práctica reducción significaba confinamiento, separación, segregación; protección implicaba que los indígenas no estaban en condiciones de obrar por sí mismos, e instrucción era aislarlos, desgajarlos de las pautas culturales ancestrales. Durante la presidencia de Victorino de la Plaza (1916), y como coronación de una política segregacionista, se creó la Comisión Honoraria de Reducciones de Indios